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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arquidiócesis Primada de México, en ocasión de la celebración de Ordenaciones Sacerdotales, en la Basílica de Guadalupe.


3 de junio
de 2006

Muy queridos hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo Jesús, queridos hermanos en el Ministerio Diaconal.

Saludo con especial afecto a los familiares, a las comunidades que han ayudado a estos hermanos nuestros en la formación sacerdotal y sobre todo quiero agradecer especialmente a mis colaboradores más cercanos en el Seminario Conciliar de México, que han ayudado a esta Arquidiócesis. Para que estos hermanos nuestros, hoy se puedan acercar a recibir la imposición de las manos.

Muy queridos hermanos obispos, la Iglesia ha nacido en el seno de la Santísima Trinidad, en el misterio de la comunión trinitaria, a la que el Padre nos llama insertándonos en Cristo. Esta comunión vivida según la lógica del mandamiento del amor. “Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes”. Permanezcan en mi amor, pero solo permanecerán en mi amor si ponen en practica mis mandamientos lo mismo que yo he puesto en practica los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Mi mandamiento es éste: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado, nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos, ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”.

El nuevo Pueblo de Dios congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo ha nacido del núcleo de los Apóstoles que escucharon estas palabras y de aquellos elegidos por Dios, para renovar “in persona Christi, el gesto que realizo Jesús en la Última Cena instituyendo el sacrificio Eucarístico fuente y cima de toda la vida cristiana, de toda la vida de la Iglesia.

El llamado es un misterio que se resuelve por la iniciativa de Dios y por la docilidad del corazón humano. La vocación de Isaías asi lo revela; “vi sentado al Señor en un trono alto y excelso”, yo dije; “ hay de mi estoy perdido yo, de hombre de labios impuros, que habito en un pueblo de labios impuros, uno de los serafines voló hacia mi, trayendo un ascua que había tomado del altar con las tenazas, me lo aplico en la boca y me dijo: “Al tocar esto tus labios desaparece tu culpa y se perdona tu pecado”, entonces oí la voz del Señor que me decía: “ ¿ A quien enviaré?.

La conciencia de nuestra indignidad es iluminada por el llamado de Jesús, no me eligieron ustedes a mi, yo fui quien los elegí a ustedes y los he destinado para que vayan y den fruto abundante y duradero por eso nadie puede arrogarse  esta dignidad sino aquel a quien Dios llama.

Hermanos y hermanas al elegir a los hombres como los Doce, Cristo no se hacia ilusiones en esta debilidad humana, es donde puso el sello sacramental de su presencia, llevamos este tesoro en vasijas de barro para que aparezca una fuerza tan extraordinaria que es Dios, que es de Dios y no de nosotros por eso a pesar de todas las fragilidades de sus sacerdotes el Pueblo de Dios a seguido creyendo en la fuerza de Cristo y actúa a través de su ministerio. La carta a los Hebreos, nos recuerda que el sacerdote es tomado de entre los hombres puesto al servicio de Dios en favor de los hombres a fin de ofrecer oraciones y sacrificios por los pecados, saben ser  comprensivos con los ignorantes y los extraviados ya que él también esta lleno de flaquezas.

El carácter sacramental que los distingue en virtud del orden recibido hace que su presencia y ministerio sean únicos, necesarios e insustituibles, sin el sacerdocio de Jesucristo la humanidad volvería a la barbarie, las civilizaciones desaparecerían y el hombre perdería el camino al cielo y frustraría su salvación. El sacerdocio de Cristo  no es accidental sino que esta inscrito en su identidad de Hijo encarnado, de hombre de Dios, ya todo pasa por Cristo, nadie va al Padre sino por mí.

Queridos sacerdotes les invito a redescubrir, el don y el ministerio que hemos recibido y que recibirán estos hermanos nuestros. El mismo Cristo fue escuchado en su actitud reverente y aunque era Hijo, aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer, alcanzar asi la perfección se hizo causa de salvación eterna para todos los que obedecen y ha sido proclamado por Dios, Sumo Sacerdote: Cristo en el Gólgota a hecho de su misma vida una ofrenda de valor infinito “He aquí que vengo hacer oh Dios, tu voluntad”.

Estas palabras expresan su misterio y su misión, comienzan a realizarse desde el momento de la encarnación si bien alcanzan su cúlmen, en el sacrificio del Gólgota desde entonces toda ofrenda del sacerdote no es más  que volver a presentar al Padre la única ofrenda, la ofrenda perfecta de Cristo hecha de una vez para siempre: tomen y coman todos de El, porque esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes, tomen y beban todos de El, porque este es el cáliz de mi Sangre, sangre de la nueva alianza y eterna que será derramada por ustedes y por todos los hombres, para el perdón de los pecados.

Este misterio encierra toda la vida de la Iglesia, de El ha brotado el torrente de gracias que ha santificado a la Iglesia a través de los siglos. Sin la obediencia y comunión amorosa de Cristo al Padre, no habría Eucaristía por eso la Iglesia pide a sus sacerdotes la oblación amorosa de todo su ser por medio de la  promesa de la obediencia al obispo, es la obediencia a Cristo, es la obediencia al Padre, junto con la promesa de castidad y pobreza, con las cuales el sacerdote se ira transformando en ofrenda permanente por las cuales aquel que reciba la imposición de las manos se va configurando con Cristo, obediente con Cristo cabeza, hagan esto en conmemoración mía.

Estas palabras  de Cristo, aunque dirigidas a toda la Iglesia, son confiadas como tarea especifica  a los que continuaran el ministerio de los primeros Apóstoles, a ellos Jesús entrega acción con la que Él se manifiesta como sacerdote y victima diciendo: “Hagan esto”, no solo señálale acto sino también el sujeto llamado actuar, es decir instituye el sacerdocio ministerial en el cual el Espíritu Santo. Infunde los mismos sentimientos de Cristo, la presencia real de Jesucristo será siempre garantizada por el Espíritu Santo, cuya efusión en la celebración Eucarística hace que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.

La nueva presencia de Cristo, su nacimiento Eucarístico en el cenáculo será ininterrumpidamente todo se celebra, la Eucaristía, la Eucaristía celebrada por la fuerza del Espíritu Santo y ustedes, son Eucaristía, van a ser transformados, van a ser consagrados en esta víspera de Pentecostés por la fuerza del Espíritu Santo, es el Espíritu de Dios el que los transforma, el que los configura con Cristo para nosotros es una alegría y también una fuente de responsabilidad de estar tan estrechamente vinculados a este ministerio.

En todos los sacerdotes veneramos la imagen de Cristo, que han recibido con la consagración, el carácter que marca indeleblemente a cada uno de ellos. ustedes van a ser transformados, configurados con Cristo en ustedes, todos los que somos del pueblo de Dios reconocemos la presencia de Cristo. Muchos sacerdotes a través de los siglos han encontrado en la Eucaristía, el consuelo, la fortaleza y la alegría para caminar entre las tinieblas de este mundo.

Sólo los santos con la intensidad de su amor pueden penetrar la profundidad de este misterio de la Eucaristía y del sacerdocio: apoyemos como Juan la cabeza en el pecho de Jesús, ahí nos encontraremos en efecto en la cima del amor. Ponemos en el corazón  amoroso de Santa María de Guadalupe, el sacerdocio de estos hermanos nuestros y por su intersección, pedimos al dueño de la mies, que siga mandando operarios a esta Iglesia, a toda su Iglesia.

 
 
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