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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Pbro. Víctor Flores, en ocasión de la peregrinación de la Reunión de Jóvenes Sordos Católicos de las Américas, en la Basílica de Guadalupe.

5 de julio de 2006

Concelebraron: el Pbro. José Molílope, Pbro. Carlos Luna Gómez (Colombia), Pbro. Daniel Rocha (Colombia), Pbro. Idinael (Colombia), Pbro. Martín Peralta (Sonora, Méx.), Pbro. Guillermo Uribe (México) y el Pbro. Israel Alba (México). La misa fue traducida simultáneamente al Lenguaje de Señas Venezolanas (L. S. V.)

Les tengo que confesar algo: estoy nervioso, estoy temblando, perdónenme. Pero, tengo que decirles dos cosas.

La primera: antes, mucho tiempo antes, Dios pintó a la Virgen María aquí para hablar a los indígenas nahuas. Dios, pintó a la Virgen de Guadalupe porque quería hablar con ellos. Quería hablar su mismo idioma.

Vean a la Virgen, vean su ropa. La ropa de la Virgen es el lenguaje de señas. Yo pienso que Dios, también hoy, está usando el lenguaje de señas para hablar no solamente con los sordos, sino con todas las personas que están aquí oyendo esta homilía.

Dios nos ama mucho, muchísimo. Pienso que cuando, de diferentes partes del mundo, venimos aquí a reunirnos. Dios hace realidad una profecía de Isaías que dice: “llegará el día en que los sordos oirán la palabra de la Biblia”.

Hoy Dios está cumpliendo esa profecía aquí. Es hermoso, sorprendente. Por eso todos debemos dar gloria a Dios, bendecir su nombre, porque Él es bueno.

No puedo predicar mucho por la hora. Pero una última cosa. Todos los sacerdotes que están en el encuentro trabajando con nosotros, tienen una historia, yo también. Unos esposos, un hombre y una mujer, tenían un hijo pequeño. Eran pobres, debían trabajar fuertemente. El hombre trabajaba levantando puentes sobre un río. Un día el hombre tomó al niño, a su hijo, y se lo llevó al trabajo para que le acompañara.

El hombre se sentó y desde ahí veía el puente subir y bajar. Esperaba a que los barcos pasaran para levantar el puente. El niño estaba alegre jugando a su alrededor. El hombre lo olvidó por tanto trabajo.

Le avisaron que venía un barco; entonces se preparó para levantar el puente. El puente empezó a levantarse; pero al mismo tiempo se acordó de su hijo y lo empezó a buscar y a buscar; y no lo encontraba, no lo veía.

El barco se estaba acercando y el puente se estaba elevado. Él paró el puente y empezó a buscar a su hijo y lo encontró. El niño estaba entre los engranajes del puente, el padre pensó: qué es esto, cómo hago. Empezó a preocuparse.

El barco cada vez se acercaba más y si el puente no se levantaba las personas en el barco morirían y si se levantaba el niño moriría, y pensó: ¿cómo? ¿cómo hago?  Entonces, el capitán del barco le volvió a pedir que, por favor, levantara el puente rápido porque iban a chocar. Las personas dentro del barco estaban asustadas, veían el puente, no sabían que iban a hacer. El hombre cerró los ojos, se concentró y levantó el puente. El niño quedó atrapado entre el engranaje, murió.

Pensemos: ¿El hombre es malo porque mato a su hijo? Esta historia es nuestra historia, la de todos nosotros, oyentes y sordos, todos vamos en ese barco. Dios Padre es el hombre que maneja el puente, que entregó a su Hijo único, Jesucristo, a la muerte en la cruz por nosotros.

Igual que en el barco no sabían que el hijo de ese hombre estaba ahí; hoy muchas personas no saben que Jesucristo murió por cada uno de nosotros. Muchos sordos todavía no saben que Jesús murió en la cruz por amor a nosotros.

El sábado todos regresamos a nuestra casa, alegres, volvemos a comer nuestra comida. Por ejemplo: yo iré a Venezuela. Pero lo importante es que todos volvamos a casa a decir que Jesús murió y resucitó por nosotros. Amén.

 
 
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