En
el contexto de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús
han peregrinado queridos hermanos, hasta este Santuario de Guadalupe
que es el corazón de México, para renovar con toda
la Iglesia de nuestro país la consagración de nuestro
pueblo a ese Corazón Santo que no es otra realidad sino
el amor insondable de Dios manifestado en Jesucristo.
Detengámonos por un momento en esta expresión
“Sagrado Corazón de Jesús”. Cuando
hablamos del corazón humano no nos referimos sólo
a los sentimientos, sino a toda la persona que ama, que quiere
y trata a los demás. Así en el lenguaje de la
Sagrada Escritura, el corazón es considerado como el
resumen y la fuente, la expresión y el fondo último
de los pensamientos, de las palabras, de las acciones. Por eso
al tratar ahora al Corazón de Jesús, ponemos de
manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su
entrega a nosotros. “El Corazón de Jesús
es el corazón de una Persona divina, es decir, del Verbo
encarnado; por consiguiente, representa y pone ante los ojos
todo el amor que Él nos ha tenido y nos tiene aún
(…). No se puede llegar al Corazón de Dios sino
pasando por el Corazón de Cristo, como Él mismo
afirmó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.
Nadie va al Padre sino por mí (Jn 14, 6)” (Pío
XII, Enc. “Haurietis aquas”, 15.V.1956, n. 29).
Hoy queremos acudir a ese divino amor –como nos ha invitado
recientemente el Santo Padre Benedicto XVI en su encíclica
“Deus caritas est”- para abrirnos al misterio de
Dios, de su amor por nosotros y dejarnos transformar por él.
Queremos recurrir al costado abierto del Redentor que es la
fuente de nuestra salvación “para alcanzar el verdadero
conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo
su amor. Así podremos comprender mejor lo que significa
conocer en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo teniendo
puesta nuestra mirada en él, hasta vivir completamente
de la experiencia de su amor, para poderlo testimoniar después
a los demás” (Benedicto XVI, Carta al prepósito
general de la Compañía de Jesús con motivo
del 50º aniversario de la Encíclica “Haurietis
aguas”, 15.V.2006).
Un hermoso programa nos traza el Papa: conocer, experimentar,
vivir y testimoniar el amor de Dios y estas lecciones sólo
las aprendemos en el encuentro con una persona concreta que
es precisamente Jesús. Este misterio del amor de Dios
constituye el contenido del culto y la devoción al Sagrado
Corazón de Jesús, que es al mismo tiempo el contenido
de toda espiritualidad cristiana: “Nosotros hemos conocido
el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”
(1Jn 1).
Ahora bien, quien acepta el amor que Dios nos tiene queda modelado
interiormente por este amor y vive este amor como una llamada
a la que se debe responder y si somos capaces de responder es
porque antes hemos experimentado este mismo amor, como dice
el apóstol: “En esto hemos conocido qué
es el amor: en que él dio su vida por nosotros. También
nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1Jn 3,16).
“Él dio su vida por nosotros”. La representación
de este amor se hace precisamente mostrando a nuestro Redentor
con el corazón traspasado. Hay que hacerse conscientes
de que vivimos y experimentamos esta entrega de Jesús
por nosotros, en cada Eucaristía, porque en ella celebramos
el sacrificio de Cristo en la Cruz. De ahí que la Eucaristía
sea el corazón de la Iglesia, de donde fluye su vida
divina, donde ella se construye y encuentra su identidad de
pueblo de la alianza, amado de Dios y llamado a hacer partícipes
de este amor a todos los hombres. Así, cada vez que nos
reunimos, como hoy, para este banquete pascual, experimentamos
este Amor que nos transforma y nos hace capaces de amar y entregarnos
a los hermanos.
Al consagrarnos como Nación al misterio de este amor
divino, queremos con palabras del querido Juan Pablo II: ponernos
junto al Corazón de Cristo, para aprender a conocer el
sentido verdadero y único de la vida y de su destino,
a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana,
a evitar ciertas perversiones del corazón humano, a unir
el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. Así
–y esta es la verdadera reparación pedida por el
Corazón del Salvador- sobre las ruinas acumuladas por
el odio y la violencia, se podrá construir la civilización
del Corazón de Cristo, la civilización del amor
(Cfr. Juan Pablo II, Carta al prepósito general de la
Compañía de Jesús, 5.X.1986).
Cristo es nuestra paz. El en su cuerpo ha derribado los muros
que separan a los hombres. El Reconcilió a todos los
hombres, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz
y dando muerte en él al odio. Por eso debemos luchar
sin desmayo por obrar el bien, precisamente porque sabemos que
es difícil que los hombres nos decidamos seriamente a
ejercitar la justicia, y es mucho lo que falta para que la convivencia
terrena esté inspirada por el amor, y no por el odio
o la indiferencia. En esta hora solemne de nuestra historia
como nación, vamos a luchar –lucha de paz- contra
el mal, contra la injusticia, contra el odio, contra el pecado,
para proclamar así que la actual condición humana
no es la definitiva; que el amor de Dios manifestado en Cristo,
alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres.
Del corazón traspasado de Cristo brotó la Iglesia,
a través del Espíritu Santo que nos dio y que
hemos recibido cada uno como don. Este mismo Espíritu
hace fructificar en cada cristiano la caridad, la alegría,
la paz, la paciencia, la unión, la afabilidad, la bondad,
la fidelidad, la mansedumbre y la templanza. Por tanto si vivimos
en el Corazón de Cristo por el Espíritu, no oigamos
las voces de quienes siembran discordia, violencia y odio entre
nosotros. Sólo si miramos y contemplamos el Corazón
de Cristo, conseguiremos que el nuestro se libre del odio y
de la indiferencia, solamente así sabremos reaccionar
de modo cristiano ante los sufrimientos ajenos, ante el dolor.
Un hombre y una sociedad que no reaccionan frente a las injusticias
y frente al dolor de sus semejantes no están a la medida
del Corazón de Jesús. Cada cristiano, conservando
la más amplia libertad a la hora de estudiar y llevar
a la práctica las diversas soluciones prácticas,
dentro de un legitimo pluralismo, ha de coincidir, sin embargo,
en el idéntico afán de servir a la humanidad,
de otro modo su cristianismo no sería sino un disfraz,
un engaño y un fraude de cara a Dios y de cara a los
hombres.
En la escuela del Corazón de Jesús aprendemos
a vivir el amor, no como una caridad oficial, fría, sin
alma, sino pasando nuestro corazón con sus afectos, sentimientos
y emociones por el Corazón del Redentor, donde somos
liberados de sus perversiones. Ahí en efecto, conocemos
la verdad del amor esponsal, destinado al don sincero de nosotros
mismos. Esta donación libremente acogida por una persona
de sexo contrario funda el matrimonio en orden a la fecundidad,
a la donación de la vida que constituye la familia como
verdadera comunidad de vida y amor.
Al celebrar este misterio de amor, en el corazón de
Jesús, queremos pedir por las familias mexicanas para
que sean preservadas de los ataques a que están siendo
brutalmente expuestas por la perversión de los corazones;
pues alejados de la razón humana y del conocimiento del
amor de Dios, tampoco se comprende el sentido verdadero del
amor humano y se es presa fácil de ciertas propuestas
que esclavizan el corazón del hombre al egoísmo,
a la búsqueda de placer sensible inmediato que convierten
a la utilidad en criterio de verdad, impidiendo comprender el
proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia hasta el extremo
de pretender llamar matrimonio y reconocer civilmente otras
formas de convivencia como es la relación entre personas
del mismo sexo. Todo aquel que ha conocido el proyecto de Dios
sobre el matrimonio, la vida humana y el amor no puede aceptar
las caricaturas que la pseudo cultura nos ofrece sobre estas
realidades humanas.
Solo el amor de Dios descubre al hombre su propio valor, sin
esta experiencia fundamental, la propia vida y la de los demás
carece de valor y significado llegándose a proponer su
instrumentalización, su manipulación y destrucción,
en las diversas formas de aborto, de violencia física,
de manipulación genética y de fabricación
en el laboratorio, incluso pretendiendo suprimirla cuando se
encuentra en situación de limitación física.
No podemos aprobar ningún proyecto que vaya contra la
dignidad y los derechos de la persona humana.
Que Santa María, Reina de la paz, nos conceda profundizar
en el Amor, introduciéndonos en el Corazón abierto
de Cristo, nuestro Redentor, para llevar este Amor a nuestros
hermanos, a las estructuras y a las instituciones de nuestra
sociedad, sirviendo de modo especial a la familia, al desarrollo
integral de los más pobres y tutelando la vida de cada
ser humano.